Nota
El Ser Humano


Por Antonio Gala

El ser humano, salvo el idiota, cuando envejece no solo pierde: gana ternura, comprensión, proximidad, se perfecciona en la serenidad, en la auténtica buena educación -no dejarse llevar por sugerencias momentáneas- , se desata de trabas artificiales v dañinas, la ansiedad, la competitividad, se desentiende, contra lo que parecería natural, de la prisa y la urgencia. Y por eso el amor de los viejos es el que encuentro más humano; por fin la sexualidad no se identifica con el coito, ni la posesión con la penetración; no se desestima la correspondencia ni se desdeña la sensualidad larga v profunda.

Si alguien no lo ve así, es por víctima no de su decadencia física, sino de sus represiones y prejuicios, y de una arrastrada soledad. Porque la vida y el amor transcurren juntos y en mayor vida cabe mayor amor.
Otra cosa es que esta sociedad nuestra no de facilidades para envejecer bien, y que, por si fuera poco, sea cruel y despectiva con sus ancianos. No pensamos que, dentro de muy poco, la mitad de la población europea estará jubilada. No pensamos en lo desdichada que es la sociedad en la que vivir más se convierte en un problema; en que a sus viejos no les asusta la muerte, sino la vida, y es el temor al futuro -a su breve futuro- el que los asesina.

Define mejor a un pueblo entero la forma de tratar a los viejos que la de tratar a los niños; con la esperanza es mas fácil relacionarse que con los resultados; pero más daño \e hace a una sociedad la actitud descuidada con la vejez que todas las corrientes abortistas y divorcias juntas. La familia, o es un semillero que se cumple en la indecible patria de la sangre, o no es nada.

Por eso detesto a esos parientes incomprensivos que ni aman ellos, ni dejan amar a sus mayores;
que interrumpen o estropean, o ensucian sus historias de amor, sus historias de plenitud y de sonrisas;
que los arropan tanto que acaban por ahogarlos, nunca se sabe si por respeto cariñoso o por vergüenza de exhibir lo que ellos juzgan feo. Y por eso detesto a esos otros parientes que reniegan de sus viejos como de un lastre, o de una peste, sin saber que están pintando, entre los ojos de sus hijos, el propio porvenir.

Tanto los primeros como los segundos condenan a los viejos a la pasividad. Y esos es un crimen grave. En otras sociedades más floridas que ésta fue la experiencia la que gobernó. Sencillamente porque, como escribió Eliot, "el momento de la rosa y el momento del tejo tienen la misma duración". Cada vida -y cada una de sus fases- es un tiempo completo en sí, o sea, una diferente posibilidad según la amplitud que se le dé, así estará de habitada o de vacía, de acompañada o de sola.

 

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